15 de septiembre de 2026
PESAR
Murió Griselda Gambaro, icono del teatro argentino
La dramaturga y novelista falleció este martes a los 98 años, dos meses después que su esposo, el escultor Juan Carlos Distéfano. Dejó una obra que interrogó el poder, la violencia y la dignidad humana durante más de seis décadas.

Este martes murió Griselda Gambaro, una de las voces más persistentes de la dramaturgia y la narrativa argentinas. Tenía 98 años. La noticia conmovió a la escena cultural: Penguin Random House lamentó el fallecimiento y acompañó a su familia, mientras críticos y colegas la recordaron como un faro para las escritoras teatrales que vinieron después. Había nacido el 28 de julio de 1928 en un hogar de inmigrantes de La Boca, en la calle California al 1100. Su padre, José, fue marinero y pintor de brocha gorda; su madre, Isabel Russo, ama de casa. Fue la menor de cinco hermanos.
Empezó leyendo a escondidas. En su casa, decía, la cultura no era para familias con problemas de subsistencia. Los primeros libros los compró su hermano; ella frecuentó bibliotecas y, cuando aprendió a leer, ya sabía que quería escribir. A los 34 años publicó Madrigal en ciudad. En 1965, El desatino —primero nouvelle, después pieza— se estrenó en el Instituto Di Tella y sacudió el teatro de su generación. No era un teatro de tesis: era un teatro ético, donde la humillación, el poder y la complicidad se ven en la familia, en los amigos, en el patrón. Las paredes, Los siameses y El campo anticiparon, con humor negro y violencia contenida, lo que el país iba a vivir.
La dictadura le puso nombre a esa premonición. En 1977, un decreto del gobierno de Videla prohibió su novela Ganarse la muerte, tildada de contraria a la familia y al orden social. Los ejemplares fueron secuestrados. Gambaro figuró en las listas negras. Se exilió en Barcelona, en el Tibidabo, junto a Distéfano —casados desde 1955— y sus dos hijos. Volvió en 1980 y se sumó a Teatro Abierto, esa apuesta colectiva que desafió a la censura cuando el régimen todavía no había caído. En 1982 estrenó La malasangre en el Teatro Olimpia, con dirección de Laura Yusem y los protagónicos de Soledad Silveyra y Oscar Martínez. Dolores, la hija que dice “yo me callo, pero el silencio grita”, condensó una época.
Después reescribió a los clásicos sin pedir permiso. Antígona furiosa, La señora Macbeth, Querido Ibsen, soy Nora y Penas sin importancia no fueron homenajes escolares: fueron relecturas de la desobediencia, el duelo y la memoria de los desaparecidos. Recibió la Beca Guggenheim, el Konex de Platino, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de las Artes y el Premio Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional. Sus textos se tradujeron y se representaron en Estados Unidos, Europa y América Latina. Nunca separó la vida de la escritura: “Soy lo que escribo y escribo lo que soy”, dijo en 2005 a La Nación.
Vivió los últimos años en Don Bosco, en el conurbano, con el perfil bajo que siempre eligió. Distéfano murió el 25 de julio de 2026, a los 92. Ella lo sobrevivió menos de dos meses. No hay, por ahora, detalles públicos sobre la causa de su muerte ni sobre el velatorio. Queda la obra: más de cuarenta piezas, novelas, cuentos, ensayos y libros para chicos. Queda también una manera de mirar el país desde el escenario, sin consuelo fácil y sin olvidar que el poder fracasa cuando los vencidos responden con dignidad.