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Sábado, 28 marzo 2026
Argentina
28 de marzo de 2026

La era del circo político: provocar para circular

Lo ocurrido en la sesión especial en Mar del Plata mostró cómo el recinto se adapta a la dinámica del show y la viralización. Entre gestos teatrales y discursos encendidos, el HCD reprodujo la dinámica de confrontación que domina la escena nacional.

La era del circo político: provocar para circular
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En la política argentina ya no alcanza con el “pan y circo”: directamente quedó el circo, ya que no hay pan y trabajo. Entre gestos teatrales y discursos encendidos, el Concejo reprodujo la dinámica de confrontación que domina el país. La escena pública se volvió un escenario donde lo importante no es transformar la realidad sino acumular reproducciones, reacciones y adhesiones digitales. En ese ecosistema, el discurso se simplifica, se exagera y muchas veces se vacía de contenido para convertirse en un producto diseñado para circular en redes. La política, así, muta de herramienta de cambio a espectáculo permanente.
 
 
En Mar del Plata, el último ejemplo se vio en la sesión especial por los 50 años del golpe cívico-militar. Lo que debía ser una jornada de memoria, reflexión y reafirmación del “Nunca Más” terminó convertido en un ring de cruces, gritos e interrupciones. El recinto dejó de ser un espacio institucional para transformarse en una tribuna atravesada por la lógica del show.
 
 
La sesión del 24 de marzo —realizada finalmente el 26— arrancó con tensión. Los organismos de Derechos Humanos leyeron su documento y cuestionaron el cambio de fecha. A partir de allí, cada intervención oficialista encendió la mecha: desde las bancas y desde la barra bajaron cánticos, reproches e insultos que rompieron cualquier intento de clima conmemorativo.
 
 
Uno de los momentos más llamativos fue cuando el bloque libertario completo, incluido el presidente del Concejo, Emiliano Recalt, se levantó de sus bancas tras una alusión al Gobierno nacional. La retirada duró apenas unos minutos: regresaron poco después, en una escena que osciló entre el gesto político y la teatralización. Más que una señal institucional, pareció un movimiento calculado dentro de una coreografía ya conocida.

 
Pero si hubo un protagonista del clima fue el concejal Julián Bussetti. Desde el inicio de su intervención recibió una catarata de insultos que impedían seguir su exposición con claridad. Los gritos, en buena medida, provenían de sectores vinculados a Unión por la Patria que, por momentos, dejaron el rol de asesores para asumir el de hinchada. Lejos de retroceder, Bussetti redobló la apuesta: sostuvo su tono provocador y exhibió imágenes de Cristina Fernández de Kirchner junto a Hugo Chávez, Fidel Castro y Nicolás Maduro, en una escena pensada más para la reacción inmediata que para el debate.
 
 
La tensión no se agotó ahí. Durante la intervención de la concejala Valeria Crespo, una mujer desde el sector de invitados la interrumpió de manera constante. La situación derivó en la reacción de Mariana Cuesta, quien se levantó para señalar la interrupción ante la presidencia. El desorden ya era total: el recinto funcionaba como caja de resonancia de una disputa que desbordaba cualquier marco institucional.
 
 
Nada de lo ocurrido fue del todo espontáneo. En tiempos donde el presidente Javier Milei convierte la confrontación en método, amplifica el insulto y construye centralidad a partir del impacto —incluso con gestos que rozan lo performático, como sus apariciones de tono rockero—, la política adopta esa lógica en todas sus escalas. Desde la cima del poder hasta el último escalón, el mensaje parece ser el mismo: provocar, viralizar, existir en la conversación digital.
 
 
En ese marco, lo que pasó en el Concejo Deliberante no fue una excepción sino un síntoma. De un lado, dirigentes que buscan tensar al máximo para generar reacción; del otro, militantes y asesores que responden con la misma intensidad, incluso cruzando límites. En el medio, una escena que se degrada: discusiones que se vuelven griterío, posiciones que se endurecen y una memoria colectiva que queda relegada.
 
 
La conmemoración de la noche más oscura de la historia argentina terminó absorbida por la lógica del espectáculo. Y en esa transformación, lo que se pierde no es solo la calidad del debate, sino también la capacidad de la política para construir sentido. Cuando todo se convierte en show, incluso la memoria corre el riesgo de volverse contenido.
 
 

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